Tras estudiar el concepto de ciudad educadora durante las pasadas semanas, nos enfocamos en cómo esto se puede aplicar a cada uno de nosotros. Esto es, en tratar de ver cómo realmente nos educa la ciudad. Para ello primero hacemos énfasis sobre el concepto de cultura y algunas de sus versiones, resaltando la cultura (relativa a los conocimientos) y la cultura ciudadana, pues estos dos son de especial importancia para recalcar sobre los modos en la ciudad nos enseña.
Para comenzar, nos valemos de las entradas más relevantes en una definición de diccionario para tener un fundamento claro en el entendimiento de la cultura:
2. f. Conjunto
de conocimientos que permite a alguien desarrollar su juicio crítico.
3. f. Conjunto
de modos de vida y costumbres, conocimientos y grado de desarrollo artístico,
científico, industrial, en una época, grupo social, etc. (Real Academia Española, 2001)
En este sentido, la primera definición y la parte final de la segunda responden a nuestra primera concepción, o cultura en el sentido de conocimientos que forman a la persona. Este es el tipo de cultura que se obtiene a partir de la exploración personal enfocado a expandir el conocimiento en cualquiera de las formas mencionadas anteriormente, y es justamente a la que apuntan las típicamente denominadas experiencias o actividades culturales. A esta versión la denominamos simplemente cultura, sin aplicarle adjetivos adicionales.
Por otra parte, el concepto de cultura ciudadana toma forma desde la primera parte en la segunda definición, es decir, en los modos de vida y costumbres. Puesto en un contexto más formal, en el plan de desarrollo Formar Ciudad 1995-1997 se define como “conjunto de costumbres, acciones y reglas mínimas compartidas que generan sentido de pertenencia, facilitan la convivencia urbana y conducen al respeto del patrimonio común y al reconocimiento de los derechos y deberes ciudadanos.” (Sánchez & Castro, 2006). Así que se relaciona fundamentalmente con las acciones y actitudes frente a experiencias en sociedad.
Podemos entonces pasar a analizar cómo la ciudad nos educa desde estos dos ámbitos, y podemos comenzar por recalcar los principios de ciudad educadora planteados por la UNESCO, como se mencionó en la reflexión grupal. En este caso nos es especialmente relevante el principio 14: “La ética de la educación debe hacer del individuo un maestro, agente de su propio desarrollo cultural.” (Gadotti, 2005), donde el ejemplo más contundente resulta siendo el centro histórico de la ciudad. Para poner en evidencia la importancia de este espacio cito mi experiencia en la ciudad de Guanajuato (Entrada “Guanajuato en el 40 Festival Internacional Cervantino”), donde el centro histórico de la ciudad se convirtió en un espacio permanente de promoción de cultura a través de un sin número de sitios, presentaciones y eventos de toda índole. Sin embargo, esto no habría sido posible sin la gestión adecuada durante todo el evento para permitir a las personas – locales y turistas – disfrutar de los mismos sin tener que estar constantemente preocupados con otras cuestiones, como lo es la seguridad. De hecho, en toda la ciudad había un aire de tranquilidad que permitía que, incluso alrededor de las 2 am del jueves, hubiera todavía una gran cantidad de personas recorriendo la ciudad y se pudiera caminar sin temor a ser víctimas de un robo, cosa que no sucede en varios puntos del centro histórico de Bogotá, ni siquiera durante el día. Así mismo, si bien hay un relativo alto número de actividades de promoción cultural a lo largo del año, muchas de ellas son muy restrictivas en cuanto a admisión y/o cobertura, o simplemente no alcanzan a ser fuertemente difundidas en la población, al punto en que se desconoce de las mismas.
Pasando ahora a la cultura ciudadana, uno de los temas más polémicos durante las discusiones en el panel de expertos, observamos que esta se relaciona fuertemente con el aspecto práctico del principio 7, referente a la enseñanza general que brinda la ciudad (Gadotti, 2005). En este caso es precisamente la ciudad la que permite poner en práctica las costumbres y las reglas que mencionábamos en la definición. De manera general, casi cualquier evento en un lugar público o en la que intervenga un tercero alude a esta cultura ciudadana, así que esta experiencia vivencial se traduce en enseñanza que imparte la ciudad, permitiéndonos aprender de buenos o de malos ejemplos. Sin embargo, es más común ver cómo estas normas se ven tergiversadas por la presencia de la cultura del atajo, en la que se opta por tomar la salida fácil, inclusive cuando no es proceder debido (Méndez, 1999). De manera concreta, miramos primero un ejemplo (positivo) tomado de una de las entradas anteriores del blog, “Volviendo al colegio.” Observar como el Padre Francis, rector del colegio y de más de 80 años, se agacha a recoger un papel que algún estudiante botó al piso genera en uno un desarrollo importante de la moral personal, y por tanto de la cultura ciudadana, pues se busca evitar la repetición de este tipo de evento por el temor a la culpa. De manera conversa, en el contexto de Transmilenio es posible (incluso fácil) identificar cómo algunos de los usuarios bloquean las puertas de la estación, se ubican en sitios indebidos bloqueando el tránsito dentro de la misma o entre vehículo y estación o simplemente arrojan la basura en cualquier punto de la estación (incluyendo los baldes que se ubican para recoger el agua de las goteras); todo esto sin siquiera mencionar a las personas que se cuelan en el sistema. En este contexto, es justamente la cultura ciudadana la que nos evita ser autores de este tipo de acciones. Esta es especialmente relevante cuando existen las excusas ‘pero si todos los demás lo hacen,’ ‘¿A quién le estoy haciendo mal?’ o ‘nadie se va a dar cuenta’ para buscar justificar dichos actos indebidos, pues más de una vez logran hacernos caer de vuelta a la cultura del atajo.
Para concluir observamos entonces que la ciudad hace un trabajo decente como ciudad educadora al brindar y promover oportunidades de aprendizaje, tanto en cultura como en cultura ciudadana. Adicionalmente, esto lo hace de formas tan diversas que, como aprendiz que maneja una multiplicidad de estilos de aprendizaje y espacios, me es posible tomar muchas de ellas para asimilarlas en mi propio desarrollo personal, tanto las positivas como las negativas. Sin embargo, se observaron tres principales problemas que evitan que Bogotá sea una ciudad educadora por excelencia, los cuales son justamente la seguridad, la desinformación y la falta de cultura ciudadana. Así que, mejorar la seguridad en espacios como el centro histórico, promover la mayor difusión de la información relativa a los eventos particulares ayudaría a que Bogotá eduque culturalmente a sus ciudadanos (y también a los turistas) más efectivamente. Y, también, campañas de promoción en cultura ciudadana (como la Bogotá Coqueta de Mockus) mejoran la convivencia en sociedad, que a su vez también mejora la educación que nos brinda la ciudad.
Bibliografía:
Gadotti, M. (2005). Historia de las Ideas
Pedagógicas. In UNESCO: La ciudad Educativa (pp. 306-308). Buenos
Aires: Siglo XXI Editores.
Méndez, P. F. (1999). Cultura ciudadana: La experiencia
de Santafé de Bogotá 1995-1997. Santiago de Chile: Universidad de Chile.
Real Academia Española. (2001). Diccionario de la lengua
española (22 ed.). Retrieved from http://www.rae.es/rae.html
Sánchez, E., & Castro, C.
(2006). Fomentar la cultura ciudadana. Bogotá: Departamento Nacional de Planeación.
No hay comentarios:
Publicar un comentario