Muchas veces las experiencias más ínfimas a las que nos hemos sometido pueden llegar a ser bastante relevantes a largo plazo. Para ilustrar esto, rescatamos un evento (o más bien una serie de eeventos) que hoy día viene ser una de las cosas que más ha marcado mi trayectoria. Con esto me refiero a las Olimpiadas de Matemáticas, motivo por las cuales hoy día estudio matemáticas como segundo programa.
Tal vez un poco en contra del gusto de una fracción significativa de la población estudiantil, cuando estaba en el colegio anualmente nos sometían a todos a tomar las pruebas de olimpiadas (particularmente las de matemáticas). En mi caso, desde el comienzo estas se presentaron como experiencias atractivas por la curiosidad que generaban algunas de las interrogantes presentadas. Gracias a una afinidad aparentemente nata con las matemáticas, crecía la expectativa por nuevos problemas y nuevos retos, siempre buscando intentar superarlos. Eventualmente esto se convirtió en una especie de afición y, en el bachillerato, mi actividad extracurricular por excelencia. Buscando siempre superar el punto al que habría llegado la anterior vez, se fue cultivando una pasión que hoy día me ha llevado (tanto metafórica como literalmente) a sitios increíbles que probablemente no conocería de no ser por ello.
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